jueves, 20 de febrero de 2014

Por Venezuela... - De Gabriel Velandia

POR VENEZUELA...
Por Gabriel Velandia

Escribo desde la inquietud más interpelante de razones y esperanzas. Escribo como uno de los treinta millones de corazones que laten en la geografía de este paraíso terrenal donde me tocó nacer. Corazones que, paulatinamente, se han venido extinguiendo de pálpitos y hasta de ilusiones. Seguro escribo pensando en que no soy de número singular en esta faena, no ignoro que lo hago convencido de la pluralidad que me acompaña: un montón de gente que me conoce y que convalida conmigo en torno al inagotable anhelo de que cesen los dolores y aparezca el sosiego. Escribo bajo el dominio de un deseo inextinguible que se llama paz y cuyos pies parecen estar presos y en agonía, en tanto ella, entre nosotros, hace tiempo no camina.

No puedo yo permanecer impávido ante los eventos que hoy desangran nuestra Venezuela. Perdónenme todos por quebrantar la beldad del silencio, pero mi consciencia me exige una manifestación que, si bien pudiera no llegar a ninguna parte, sé que me saciará el corazón, puesto que haré –precisamente– mi parte. Misma que procuro todos los días cuando me levanto y voy al trabajo a desgastarme de voz y energías por la fiel audiencia frente a la pizarra (mi tarima); misma que gestiono en mi cotidianidad cuando doy un “buen día” o regalo una propina; misma que despliego cuando predico al Salvador del mundo y advierto su pronta venida. Sin embargo, es también la misma parte que me reclaman estos días y que no quiero postergar por culpa del adefesio llamado “desidia”.

De seguro, no faltarán los escépticos que cuestionen los alcances de este texto o duden sobre sus intenciones, pero, para mí, poco importa eso, pues aquí se trata de obedecer la indomabilidad de un mensaje que desea salir y cuya sencillez abruma y quema, pues es simple en teoría, pero cuán complejo en la práctica. Es el mensaje que predicó aquél hombre cuyos treinta y tres años le bastaron para dividir la historia de la humanidad en un antes y después de él: el mensaje del amor. Cristo predicó el amor y vivió el amor. Pero ¿qué cosa es el amor? En opinión de la Real Academia de la Lengua Española, se trata de un sentimiento cuyas formas y concepciones son diversas: desde la adhesión consanguínea, pasando por el afecto fraternal y hasta el deseo erótico-pasional. Según la Biblia, el amor es Dios es amor. Entonces, por lógica correlación, si tengo el amor de Dios, podré experimentar el amor y saber vivir en él. Estoy seguro, pues, que, desde cualquier ángulo, los sucesos que hoy cobran protagonismo en la palestra mundial y, especialmente, en el ámbito nacional, se derivan de una severa falta de amor; por consiguiente, de una nefasta falta de Dios.

Entregamos a la indolencia los detalles donde el amor se manifiesta con mayor fuerza: un regaño, una reprensión, un ¡alto! Dimos luz verde a una dirigencia reprobada y no fuimos exigentes con la necesidad de una nación que indudablemente puede ser mejor. Nos constituimos acérrimos enemigos de la privativa denuncia y hemos sido cómplices silentes del error. O, tal vez, el cansancio nos ganó. Sumisamente hemos ensalzado las ruinas, lejos de la calidad y a años luz de la excelencia. Como borregos en columnas hemos ido por miserias. La buena ambición desapareció para ser reemplazada por el facilismo y la improvisación. El conformismo y la mediocridad nos tendieron trampas en las que caímos mansos, para luego ser abrazados por sus garras y no poder siquiera vislumbrar el escape. La educación se ha vuelto maleducada. La flojera se ha instalado en muchos sectores de este escenario que se llama país, la insensatez baila en él con libertinaje y la cordura duerme sin límite establecido. La crisis no tardó y hoy nos da sus podridos frutos. Hay un tremendo síndrome de irracionalidad que pronto puede ser pandemia inexorable. La carencia de sabiduría es generalizada y el desatino aquí parece costumbre. La maldad lidera en clanes y camina sínica por las calles: es macabra y ágil, es sagaz y venenosa; peor aún, se contagia fácil. Muchos proyectiles han penetrado la humanidad de nuestros semejantes para perderse en la frialdad del asfalto, en el dolor de la ausencia eterna o ser extraídas en las morgues de los sucios hospitales de este territorio hostil y desgraciado. Paralelamente, el pan y el circo embriagan de enclenque alegría a muchos, para después heredarles la patética resaca. Por su parte, la desunión esquiva las soluciones, las evita, jamás las propicia; maldice toda posibilidad de reconciliación y condena el clamor por la restauración. No hay acuerdo posible, inexisten los consensos y se arrodillan los intentos. Insultos a la orden del día, acusaciones malsanas, brutalidades, groserías, corrupción, mentiras. La Patria está de luto y gime sin oportuno socorro.

Es ésta, sin duda, una descripción pesimista, pero, dolorosamente, no falaz. Se trata de la terrible verdad que no sabe más que alumbrar la oscuridad de la ignorancia o la impudicia. Aunque por un tiempo nos ensimismamos en las trincheras del autoengaño, nos alcanzó la aplastante evidencia: un país dividido, deprimido, dolido, ¿desahuciado? Espero que no, pero lo considero. Oro a Dios.

¡Venezolanos, todos! Venezuela es el nombre de un reino de libertadores. Tierra cuyo suelo es riqueza infinita. Es el bravo pueblo que en la niñez memorizamos y del que hemos cantado; el sitial donde nacen las mujeres más bellas del plantea y el lugar donde Dios decidió que debíamos nacer (¡A ustedes, venezolanos, hablo!). Venezuela es la cúspide de Suramérica, la corona de la “Gran Colombia”, la niña eternamente bañada por el Mar Caribe y donde el sol brilla con luminosidad grandiosa. Es palabra que nos llena y sustantivo que nos emparenta. Es fotografía de nobleza rural, simpatía urbana y valiosos significados que nos han edificado. Es un común denominador de nuestras acciones y luchas. Excepcional melodía que a todos nos identifica, tricolor de colores primarios que pintamos con orgullo y valoramos con honor. Es el cuatro y las maracas, el arpa y el tambor. Es gastronomía que sacia con compleción, es paisaje que produce absortos, es el recuerdo que embellece un pensamiento, la sonrisa que aparece ante la lágrima, la verdad sin vacíos, la llegada esperada. Venezuela es la partida de nacimiento de todos nosotros, nuestra cédula, nuestro pasaporte cuando somos extranjeros. Es la de la sangre vinotinto. La de Bolívar y Sucre; la de Miranda y Zamora. En su polvo yacen nuestros muertos, en su aire vive nuestro oxígeno, su gente es nuestra gente; tú y yo somos Venezuela. Y él también lo es...

No sé si pensar que estamos despertando o creer que sólo vivimos la emocionalidad desbordada de un momento efímero. No quiero aplaudir las acciones de ningún sector, mas sí quiero condenar todos los errores cometidos por todos nosotros durante el tiempo transcurrido, porque entiendo que esta desgracia sólo pudo hallar alumbramiento en la maldad humana. En esta difícil hora, lejos de ser militantes de un partido, debemos ser necesariamente venezolanos, ciudadanos, seres humanos. No seamos ligeros para acusar al otro: hagámoslo después de pagar nuestra propia factura. Seamos serios y reflexionemos en la comprensión de que los grandes cambios iniciarán en los pequeños orígenes que cada uno de nosotros representamos. Aprendamos a reclamar (nos) lo que este país merece, denunciar (nos) lo que no se puede celebrar y cumplir el deber moral de mejor ser y mejor hacer, cada uno desde sí mismo y nadie desde los demás.

Mi mayor deseo es que todos nos dejemos alcanzar por el amor de Dios y que entonces empecemos a actuar como exige Su perfecta e infalible naturaleza: bajo el ejercicio inaplazable de Su amor. Un amor ante el Señor primeramente y, después, ante el prójimo. En los últimos días, he escuchado de heridos y muertos. He visto fotos que desgarran y oído comentarios que preocupan, que entristecen, que hacen exacerbar la impotencia de mi carácter ciudadano. Además de desear la paz como simple mortal, no puedo sepultar la inminencia de una realidad espiritual: el escenario está listo para el fin. Es tiempo de reflexionar, de medir bien nuestras convicciones y ponerlas en el canon de Dios. Es tiempo de obligarnos la coherencia y la virtud. Aplaudamos lo que se debe aplaudir y cuestionemos lo que se debe cuestionar. Amemos a Dios y repudiemos el pecado. Accionemos como lo hizo Cristo, procuremos la justicia del Señor. Seamos responsablemente libres y no cedamos los espacios que nos pertenecen al despropósito. Sólo Dios, venezolanos… Sólo a la manera de Dios podremos encontrar la salida.

“Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros. Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros”. 1 Juan 4:11-12

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Mateo 6:33.

Cover Guitarra - Paradise (Coldplay)



Hola, hola.

Disfruten este excelente cover de sólo guitarra de Paradise.

La tonalidad es Mi menor y tiene unos arreglos interesantes.
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